Un artículo de WIRED sobre loterías defectuosas relata cómo el juego Cash WinFall de Massachusetts contenía una falla que nunca fue un código secreto, sino solo un momento en que las matemáticas se invertían. Cuando el bote alcanzaba aproximadamente 2 millones de dólares y nadie ganaba, el juego repartía el premio hacia abajo, a categorías menores, y los pagos de los premios pequeños crecían tanto que los estadísticos decían que la ganancia estaba prácticamente asegurada para cualquiera que comprara al menos 100.000 dólares en billetes.

En julio de 2011, Billy's Beer and Wine, una tranquila licorería del oeste de Massachusetts que el día anterior había vendido 47 dólares en billetes, pasó tres días con su máquina expendedora ocupada mientras Marjorie Selbee, una mujer de más de setenta años de Michigan, compraba 307.000 dólares en billetes de 2 dólares; su esposo Gerald compró otros 307.000 dólares calle abajo. La pareja dirigía una empresa de apuestas, GS Investment Strategies, y formaba parte de un pequeño grupo de apostadores —incluidos científicos de la computación formados en el MIT y Northeastern— que prácticamente se apoderaron del juego durante las semanas de reparto descendente.

El truco, según la investigación del Boston Globe, no consistía en vencer al código, sino en darse cuenta de que, bajo ciertas condiciones, el pago promedio supera el costo del billete: el mismo método, señala el artículo, que enriqueció a Voltaire a principios del siglo XVIII. Estaba a la vista de una lotería estatal cuyo propio auditor ya había documentado pagos "no aleatorios" a una lista corta de personas: una persona cobró 1.588 billetes ganadores por 2,84 millones de dólares entre 2002 y 2004. Tras el reparto descendente de mayo de 2011, solo tres grupos reclamaron 1.105 de los 1.605 billetes ganadores en todo el estado.

Durante las "semanas de reparto descendente", el pago promedio superaba el precio del billete, de modo que comprar más de 100.000 dólares en billetes en el momento adecuado dejaba de ser una apuesta y se convertía en una anualidad.

La ventaja provenía del propio calendario de pagos del juego, publicado con antelación: no se requería conocimiento interno.

La escala era la barrera: solo los compradores que podían aportar seis cifras en una ventana de tres días podían cosechar el reparto descendente.

La jugada era repetible cada trimestre, convirtiendo una lotería en una compra programada y estadísticamente rentable.

Expuso un punto ciego del regulador: las propias auditorías de la lotería ya habían documentado una concentración sospechosa de pagos.

Lea la función de pagos, no el bote: cualquier juego cuyo valor esperado supere su precio en momentos predecibles puede ser cosechado legalmente por quien se presente con escala.

La investigación del Boston Globe publicada en 2011 encontró que el juego había sido saqueado por un círculo pequeño; la Lotería Estatal de Massachusetts había insistido en que patrones de pago similares eran cobros de evasión fiscal, lo que el reportaje contradecía. En el material no se describen cambios de reglas.

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Las fuentes

  1. Broken Lotteries WIRED · wired.com ·