Un perfil de Rest of World sigue a Sam Chitsama, de 33 años, teclista y bailarín de Mozambique que atiende a la diáspora mozambiqueña en Sudáfrica, de 400.000 personas. La mayor parte de su negocio son las «canciones de chismes»: clientes —esposas abandonadas que buscan avergonzar a las amantes de sus maridos, vecinos que denuncian a un ladrón de ganado, hermanos que disputan una herencia— pagan 40 dólares (600 rands) para que su historia sea grabada, mezclada y difundida por WhatsApp. «Si me pagan», dice, «canto tus disputas familiares privadas en público por WhatsApp».

Canta sobre todo en ndau, salpicado de portugués y isiZulu, sobre una base de dance-pop pregrabada al estilo del disco shangaan de los años noventa: «La base sigue igual, solo cambian la letra y los nombres de los clientes. Es súper fácil». Mediante WhatsApp actúa a la vez como compositor, editor y sello discográfico, y cobra una tarifa opcional de 60 dólares por «impulso» cada tres meses para volver a compartir la canción de un cliente con sus seguidores de toda Sudáfrica y con miles en su Mozambique natal.

El lado de la demanda es una brecha de justicia: un estudio apoyado por el PNUD halló que la mayoría de la población de Mozambique carece de acceso a los tribunales y que alrededor del 40% de los distritos no tiene ningún tribunal formal, lo que deja las disputas en manos de los tribunales de los jefes tradicionales, con resultados desiguales. Chitsama no verifica los hechos de las letras ni oculta nombres, salvo cuando hay niños involucrados —«el audio de WhatsApp pagado pertenece al cliente»— y sostiene que el público es la protección del cliente: «Si lanzo un tema sobre un aldeano poderoso que te robó la vaca, es poco probable que te agredan».

Vender justicia como música: convertir el agravio de un cliente en un tema bailable de disco shangaan y difundirlo por grupos de WhatsApp donde toda la diáspora lo escucha.

Una diáspora transfronteriza muy unida hace que una sola difusión por WhatsApp llegue a todos los que importan.

Las bases pregrabadas convierten las canciones personalizadas en un producto rápido y barato.

La publicidad es la sanción y el escudo del cliente al mismo tiempo.

La falta de acceso a los tribunales creó un mercado que la música podía atender.

Donde fallan las instituciones formales, las tecnologías de estatus llenan el vacío: una difusión que hace público un agravio es a la vez la sanción y el guardaespaldas del cliente.

Decenas de cantantes ejercen ahora el mismo oficio en pueblos mineros como Springs y Welkom y en Soweto, dando a los agraviados una salida donde los procesos civiles no ofrecen ninguna.

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Las fuentes

  1. This musician will sing about your enemies over WhatsApp Rest of World · restofworld.org ·