Venus es donde los robots van a morir: unos 850 grados Fahrenheit —suficiente para que el papel se incendie espontáneamente— bajo una atmósfera de dióxido de carbono, nitrógeno y dióxido de azufre lo bastante densa como para aplastar un submarino. Jason Derleth, director del NIAC, lo compara con un horno en modo autolimpiante lleno de Easy Off, y dice que Venus es aún peor. El último robot en la superficie fue el módulo de aterrizaje Vega de la Unión Soviética a mediados de la década de 1980; duró menos de una hora. Los científicos planetarios siguen interesados porque, como dice el ingeniero del JPL Jonathan Sauder, «los datos que tenemos son casi nada».

El movimiento contraintuitivo de AREE (Automation Rover for Extreme Environments), que Sauder construyó con su compañero ingeniero del JPL Evan Hilgemann, es decidir que el enfoque predeterminado de la NASA —«hacer lo máximo absoluto que se pueda hacer», llenando los rovers de sensores y electrónica— es exactamente lo incorrecto en Venus. Allí la electrónica se fríe en minutos, así que AREE mantiene la funcionalidad deliberadamente simple: un cuerpo cuadrangular sobre orugas, alimentado por una turbina eólica que almacena energía en resortes, que navega sin sistemas basados en imágenes y que se comunica con casa mediante un reflector óptico pasivo.

El sacrificio de ancho de banda es el objetivo, no el precio. Un rover que transmite 1.000 bits al día no puede hacer ciencia al estilo de Curiosity, pero al sacrificar inteligencia por robustez la NASA apuesta a que AREE dure más y viaje más lejos, reuniendo una franja de información más amplia, aunque menos detallada, que cualquier predecesor con electrónica, ninguno de los cuales ha sobrevivido una hora. «Normalmente diríamos: añadamos más sensores y electrónica, pero queremos que la gente piense en cómo usar mecanismos ingeniosos», dijo Hilgemann.

Cuando la electrónica es el punto de falla, hay que restarla: energía eólica en resortes, orugas y un reflector de radar que codifica los datos en morse —pocos bits, pero vive

En Venus, la electrónica es la restricción determinante: toda función que pueda realizarse mecánicamente prolonga la vida de la misión.

El viento es abundante en Venus y almacenable en resortes, así que el sistema de energía no necesita refrigeración ni piezas endurecidas contra la radiación.

Un reflector de radar pasivo casi no tiene nada que fallar, a diferencia de un transmisor de radio bidireccional.

Los datos gruesos pero sostenidos responden al problema real del campo, que es que los datos de Venus son «casi nada».

Diseñar para la restricción del entorno, no para el máximo de la misión. Cuando cada capacidad añadida acorta la vida, un mínimo duradero responde preguntas que el máximo frágil nunca sobrevive para plantear.

El NIAC financió una nueva fase de investigación que permite al equipo pasar los próximos tres años construyendo un prototipo rudimentario. El programa apunta a tecnologías a 10 o 50 años y no produce sistemas listos para misiones, así que puede que AREE nunca llegue a la superficie de Venus; algo que, según Sauder y Hilgemann, no les molesta, porque el objetivo es cambiar cómo piensa la gente sobre el diseño para el espacio.

CONSULTA LAS PRUEBAS

Las fuentes

  1. NASA Designed This Low-Tech Rover to Survive Venus WIRED · wired.com ·